Internet y las nuevas tecnologías: motores para la mejora del universo musical

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He sido acusado de robo. Me dicen que los que descargamos canciones de Internet somos unos delincuentes, que no respetamos el trabajo de los artistas, que nuestra conducta es deshonesta y que nos estamos cargando la música. Insisten en que, como no se paga por lo que se descarga, los músicos dejarán de componer y se tendrán que dedicar a otra cosa para poder vivir. Se dice que Internet es lo peor que le podía haber pasado a la música… No estoy en absoluto de acuerdo con estas afirmaciones.

La forma en la que consumimos música ha cambiado radicalmente en la última década (tras la popularización del formato mp3, la reproducción en ordenadores, el ‘fenómeno Napster’ y los intercambios peer-to-peer; la evolución de los anchos de banda y del almacenamiento; la nueva generación de reproductores digitales que tenemos en nuestras casas, en nuestros coches, en nuestros bolsillos…).

El formato CD ha quedado completamente obsoleto; es una pieza de museo (es increíble que se siga vendiendo). Es incómodo, ‘inflexible’ (no se puede cambiar su contenido), ocupa mucho espacio para lo limitado que es (en sus setenta minutos sólo caben unas pocas canciones) y no es compatible con los dispositivos que hoy se usan para reproducir…

 

En estas condiciones, es normal que haya descargas; ¿cómo es posible que se pretenda que compremos -bastante caro- algo que es peor que lo que puedo obtener gratis, algo que no me aporta nada con respecto a lo que puedo conseguir más cómodamente y sin pagar?

Las descargas no son ilegales (la circular 1/2006 de la Fiscalía General del Estado dejó claro que el intercambio de archivos por Internet, cuando se realiza sin ánimo de lucro, es perfectamente legal). No estamos cometiendo un delito (es inadmisible que intenten engañarnos insistiendo en lo contrario). No se roba nada a nadie, ya que no se priva de nada a nadie (al compartir copias no se desposee ni se deteriora la propiedad).

Podemos tener la conciencia absolutamente tranquila y sentirnos totalmente legitimados para seguir descargando (y más teniendo en cuenta que nos obligan a pagar el ‘dudoso’ canon digital, que el tribunal de la Unión Europea ha declarado ilegal). Es intolerable que nos llamen ‘de todo’ por hacer algo a lo que tenemos derecho y que manipulen a la opinión pública en nuestra contra (las campañas del lobby ‘anti-pirateo’ son infames; llegan a comparar las descargas con el robo de un coche o de una cartera).

 

Las compañías discográficas siguen sin adaptar adecuadamente su modelo de negocio a las nuevas ‘reglas del juego’. Quieren preservar sus privilegios, a costa de los derechos de los usuarios de la tecnología. Pretenden -sin éxito- perpetuar unas condiciones de mercado injustas, intentando seguir llenándose los bolsillos.

 

Con el modelo tradicional solo se puede obtener la música que a la industria le sale rentable distribuir. Solo tienen cabida los que componen dentro de unos patrones comerciales (las discográficas limitan y condicionan la capacidad creativa, para que se ajuste a lo que el mercado acepta de forma mayoritaria). Numerosos artistas pierden la motivación y abandonan (o adecuan sus composiciones para superar los filtros, con la correspondiente pérdida de calidad y autenticidad).

 

La tecnología hace que el mundo evolucione; tenemos que aceptar el cambio de escenario, adaptarnos y aprovechar las oportunidades que aparecen.

Aunque haya a quién no le guste, la música es gratis (los sistemas anticopia han fracasado, son cosa del pasado; se ‘crackea’ todo, rápido y fácil).

Pretender ganar dinero vendiendo CDs, cuando ya nadie los quiere, no tiene sentido (es tan absurdo como lo sería intentar vender cassettes musicales, cintas VHS o pergaminos para escribir con tinta china y plumas de ave).

 

El nuevo modelo es mucho mejor. Internet y la nuevas tecnologías nos han proporcionado un canal para la distribución de música infinitamente superior al tradicional, con costes ínfimos y que permite una interacción directa entre músicos y público.

Se prescinde de unos intermediarios que no miran por los intereses de los creadores ni de los consumidores y a los que no les importa la calidad del producto, sino que ‘sea vendible’. La industria musical actual ha atrofiado el gusto de la mayoría de los consumidores, al llevar décadas tratándonos como borregos. Ahora se premia la calidad de la música, en vez de los esfuerzos en promoción.

En el nuevo escenario tenemos fácil acceso a una oferta mucho mayor, mucho más variada. Los oyentes están mucho mejor informados y son más selectivos. Hoy es el consumidor el que decide.

 

Está claro que hay que articular modelos de negocio que hagan posible que los que crean música se ganen la vida (y no los intermediarios, que no aportan en la cadena de valor). Hay que hacerlo contando con Internet y las nuevas tecnologías, y no luchando contra ellas. Ahora se puede crear música y ofrecérsela directamente a un público extensísimo. Se ha de buscar que el producto sea de calidad, apoyarse en el marketing 2.0, buscar ingresos publicitarios,… hay total cabida para la innovación (están surgiendo redes sociales como Last.fm, iniciativas freemium como Spotify, suscripciones como las de eMusic, … y seguro que llegarán muchas más).

La venta de música ‘on-line’ sigue aumentando; Apple está consiguiendo grandes ingresos vendiendo en su plataforma iTunes. Tomemos como referencia que, a pesar de la llegada imparable del software libre, cada vez se hacen más y mejores programas; es un negocio rentable.

Por encima de todo, los artistas han de aprovechar las interpretaciones ‘en vivo’ como su fuente de ingresos más clara. Los conciertos son la máxima expresión de la música, y sí suponen una experiencia irrepetible y ‘no pirateable’.

 

Me gusta la música; empleo tiempo en informarme, en conseguirla, en escucharla y asisto regularmente a conciertos. Soy un Cliente; esos a los que la industria debería buscar, satisfacer, contentar, ‘pelotear’… Estaría dispuesto a pagar por la música digital que consumo (igual que utilizo Amazon para comprar libros electrónicos que podría descargar por cero euros), siempre que me convencieran; aportándome valor, con un coste razonable, sin insultarme y sin intentar tomarme el pelo.

 

 

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