La revolución de la tinta electrónica

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Hace seis meses (cuando Amazon sacó la edición internacional del Kindle DX), compré un eReader del que no me separo y gracias al cual mis libros no han ocupado espacio en mi maleta estas vacaciones (salir de viaje con más de tres libros era ‘un engorro’; ahora puedo llevar miles, en un dispositivo de poco más de quinientos gramos).

La tinta electrónica es una maravilla; permite leer libros en formato digital, en un artilugio electrónico, con la sensación de estar leyendo una hoja de papel en blanco impresa con tinta negra. La pantalla no emite luz, no parpadea, no tiene reflejos; nada que ver con los monitores retro-iluminados de los ordenadores. Si alguien no lo ha visto aún, que no deje de hacerlo (es sorprendente; parece realmente ‘el papel de toda la vida’).

Gracias a que la ‘e-tinta’ es biestable, únicamente se consume energía cuando se refresca la pantalla del eReader. Esto provoca que el orden de magnitud de recarga del dispositivo sea de semanas y no de días. No hace falta estar pendiente de la fuente de alimentación, el cable y la toma de red. ¡Te olvidas de la batería! ¡Te olvidas de que estás usando un dispositivo electrónico! Con un ritmo de lectura de un par de horas diarias, basta con que uses el enchufe dos veces al mes.

Los libros electrónicos son más baratos (habitualmente un cincuenta por ciento); su distribución es más fácil y rápida (prácticamente instantánea, usando Internet); se pueden incorporar marcadores, notas o comentarios (sin ‘estropear’ las obras) y editarlos o borrarlos posteriormente; tienen funciones de búsqueda de información; es posible modificar el tamaño y el tipo de letra; se pueden añadir enlaces que aclaran y enriquecen el contenido…

El ritmo de adopción de esta tecnología, que tiene poco más de dos años, está siendo impresionante; ya es un fenómeno masivo (en Junio de 2010, el ‘gigante’ Amazon vendió un 80% más de eBooks que de libros ‘físicos tradicionales’), va a seguir aumentando rápidamente y va a llegar a la inmensa mayoría de los lectores (ya está claro que esto no se limita a la ‘comunidad friki’, esa cuyos miembros se apuntan a todas las nuevas tecnologías).

La resistencia que mucha gente muestra ante esta nueva forma de leer está habitualmente basada en el concepto de propiedad; no es lo mismo ‘tener ceros y unos’ que poseer un objeto que se puede palpar y que ‘adorna’ (en ocasiones es tan fuerte le deseo de llenar de libros las estanterías de casa o del despacho que se renuncia a la usabilidad, a la comodidad, a la portabilidad, al acceso inmediato, a un mejor precio…).

Siempre hay quienes reniegan de los avances tecnológicos y muestran resistencias infundadas y absurdas. Se escuchan frases irracionales como: “Es que a mí me gusta el papel; su tacto y su olor”, tras las cuales frecuentemente subyace el miedo a enfrentarse a lo desconocido o a hacer el ridículo. Es común que estos detractores se jacten de serlo y digan orgullosamente cosas como: “Yo leo un libro, no miro un cacharro”.
Pero esto es imparable; ‘caerán’ (recordad que, no hace muchos años, el que llevaba un teléfono móvil era considerado ‘un capullo’ y se oía como muchos decían: “¿Yo?… ¡jamás!”).

Es indudable que este invento es disruptivo y conlleva un cambio de paradigma. Se han alterado las ‘reglas del juego’ del negocio editorial. Las empresas del sector ya pueden adaptar su modelo de negocio si quieren sobrevivir, pues ya no valen los canales ni los soportes tradicionales. Las editoriales ya no aportan nada diferencial al vender papel impreso y encuadernado (un eBook, lejos de ser simplemente equivalente, es mejor).

Los avances tecnológicos e Internet nos traen un nuevo escenario mejorado. Los lectores tienen acceso a un nivel de información cada vez mayor y la comparten en redes sociales; son más selectivos y exigentes. Se está imponiendo la calidad del producto, por encima de los esfuerzos en promoción y distribución masiva (el gran público está dejando de comprar simplemente el libro que está en todas las estanterías con la etiqueta de ‘bien vendido’).

La oferta ya es muy amplia y aumenta rápidamente. ¿No resulta muy tentador el poder disponer de una ‘biblioteca ilimitada al alcance de unos clicks’?
También existe la posibilidad de conseguir los libros ‘sin pasar por caja’. El que quiera hacerlo lo tiene muy fácil, utilizando webs de descargas o comunidades de lectura como Scribd. Ya no hay limitaciones asociadas al formato que tengan los documentos; pues existen programas gratuitos, como Calibre, que transforman cualquier archivo de texto (incluso si son ‘pe-de-efes’), para que sean perfectamente compatibles con los lectores que ofrece el mercado.

La muerte del papel, que llevamos años intuyendo como inevitable (pero que ubicábamos en un futuro que se adivinaba muy lejano), ha comenzado. La ‘enfermedad’ del formato papel es mortal, incurable y rápidamente degenerativa (le va a pasar lo mismo que le ocurrió a los pergaminos hace siglos; será sustituido por algo mejor, a pesar de que haya quienes opongan resistencia).
Los libros de papel se están convirtiendo en material solo para nostálgicos, ‘dinosaurios’ o coleccionistas (que los conservarán por el objeto en sí, más que por su contenido).

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